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Miércoles, 18 de Mayo de 2022

Escribe Sayuri Loza

Wila k’ank’as Everywhere

OPINIÓN | 17 Ene 2022

Dicen los aymaras que en determinados lugares habitan entidades, energías o espíritus perniciosos que son capaces de capturar el alma de la gente que pasa por allí. Estas “entidades” habitan en cuevas, ríos, rocas y diferentes espacios del paisaje andino; tienen predilección por lugares desolados y oscuros, pero cuando el ser humano se instala cerca o invade su espacio, suelen aparecer con más fuerza, se los llama yanqhas, saxras, anchanchus, etc.

En mi infancia escuchaba con atención a compadres, ahijados y parientes que venían del pueblo de origen de mis abuelos, Guaqui, y contaban historias sobre estos saxras y cómo fulano o sutano había muerto a consecuencia de su ataque, ya que si no era neutralizado con ceremonias o cambios, éste podía causar la muerte, que ningún médico era capaz de diagnosticar estos males y que en muchos casos quienes eran golpeados por estos saxras, morían a pesar de todo esfuerzo.

Recuerdo por ejemplo la historia de un par de rocas, que estaban cerca de la escuela de una estancia, y cómo hacían enfermar a los niños, dos exmineros sugirieron hacerlas explotar con dinamita, empezaron con una pero nunca pudieron con la otra porque murieron a las dos semanas, quienes los encontraron dijeron que su carne había reventado de manera inexplicable.

Pero lo más recurrente eran las historias de wila k’ank’as (gallos rojos) y todos nuestros parientes y compadres que venían a alojarse a casa, desde Pituta hasta Janq’u Marka tenían historias de wila k’ank’as que atemorizaban a los pobladores. Por lo general la historia empezaba con alguien que pasaba por algún lugar desierto y de la nada salían uno o dos wila k’ank’as y arremetían contra el infortunado, llegaban a él y lo pateaban “¡chh!”, el afectado huía despavorido y a los pocos días enloquecía, creyendo ver a los gallos en todo lado y ya no atendía ni las chacras ni el ganado.

En otras ocasiones, alguien pasaba por un lugar de saxras y cada noche soñaba con wila k’ank’as que saltaban sobre su rostro o que le perseguían sin parar, causándole desesperación, en algunos casos sentían que les arrancaban el alma a picotazos. En la realidad, el infortunado enfermaba, su cuerpo se consumía y pronto moría.

También estaba la historia del pozo encantado donde en una hora determinada aparecía un pez de oro y el que lo veía, lleno de ambición, trataba de atraparlo, pero entonces el pez desaparecía y en su lugar sólo había wila k’ank’as, que saltaban hacia la víctima y le hacían perder el ánimo. Las historias eran interminables y yo las escuchaba con el miedo y con el morbo que caracteriza a los pequeños, fanáticos de historias extrañas.

Me imaginaba a los gallos y a quienes soñaban con ellos y alguna vez, quizás de tanto pensar en el asunto, terminaba soñando con plumajes colorados abalanzándose sobre mí. La bisabuela se reía y me decía “LOS SAXRAS SE HACEN FUERTES CUANDO LOS ALIMENTAS, CUANDO PIENSAS MUCHO EN ELLOS Y LES TIENES MIEDO, TAMBIÉN CUANDO ERES FLOJO Y EN LUGAR DE TRABAJAR ESTÁS IMAGINANDO SONSERAS”. Yo me resentía un poco pero con los años esto me sirvió para entender algunas cosas.

La razón por la que intitulo esta serie de columnas “wila k’ank’as everywhere” es porque siempre que veo los problemas del país, me imagino que son como esos saxras que saltan sobre nosotros y que alimentamos con nuestros miedos. Tendemos a enfocarnos en los peces dorados, en los sueños extraños y en las teorías sobre lo que podría pasar si intentamos detener a estas perniciosas criaturas. Los mayores se alarman, cuentan cómo nadie puede cambiar la realidad, que los wila k’ank’as siempre han estado ahí y que jamás se irán, hagamos lo que hagamos; algunos dirán que los saxras son valuarte y patrimonio de la cultura, que intentar sacarlos de su lugar, sería un crimen de odio, otros más, confiarán en falsos yatiris que con promesas de eliminar el mal, exigirán premios, regalos y dinero pero a la hora de la verdad, harán aparecer otros saxras en nuevos lugares.

Hemos pasado años alucinando con los síntomas que igual que los wila k’ank’as aparecen y desaparecen, o cambian de forma. Quiero invitarles en las siguientes semanas en las que nos acompañaremos, a ver quiénes son estos saxras y espero que podamos ver su verdadera forma para dejar de darles alimento o al menos para saber que no van a sacarnos el alma a picotazos.

//*SAYURI LOZA ES HISTORIADORA, BAILARINA Y ARTESANA//

//**LOS TEXTOS REPRODUCIDOS EN ESTE ESPACIO DE OPINIÓN SON DE ABSOLUTA RESPONSABILIDAD DE SUS AUTORES Y NO COMPROMETEN LA LÍNEA EDITORIAL PLURAL – LIBERAL DE ESTE MEDIO DE COMUNICACIÓN//
 

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