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Lunes, 10 de Diciembre de 2018

CRÓNICA: 120 CENTÍMETROS. EL TAMAÑO NO IMPORTA

SOCIEDAD | 24 Jun 2018

ROMA HIDALGO.- Alcanzar el grifo del lavaplatos, ver si la comida en la olla no se está quemando, tender la ropa en el alambre del patio, subir al micro, besar la boca de algún novio alto; parecieran ser situaciones sencillas para la mayoría, pero no para ellas: mujeres de 120 centímetros, que por mucho tiempo creyeron que eran únicas en el mundo.

NANCY

Ya no toma té porque dice que está muy gorda; pero la bolsa con tres empanadas de queso sobre la pequeña mesa blanca que tiene en frente la desmiente.

Cuando Nancy tenía 10 años, un payaso pelón y viejo quiso llevársela de gira por el mundo, alegando que había pagado mucho dinero por ella. 59 años después esta es solo una anécdota para ella y sus 98 kilos de carne y hueso. “Si por mí fuera que me den de comer aquí, que me bañen aquí, que todo me hagan aquí”, dice ella: la señora más pequeña del barrio Héroes del Chaco, en Santa Cruz de la Sierra.

Su memoria de delfín la ayuda a recordar que el primer día que asistió a clases fue la novedad de su escuela; que la miraban como si no fuera de este mundo y se acercaban para tocarla y comprobar si era real. Nunca más salió al recreo. La orden la dio la directora.

Las muchachas de la edad de Nancy crecieron; ella no. Pero lo más triste fue haberlas visto pasear bien vestidas, acompañadas de tenientes y subtenientes, luciendo lo que ella jamás pudo tener: el uniforme blanco del liceo de señoritas Doctor Pantaleón Dalence, en Oruro, donde vivía. Hasta ahora, a Nancy, más que no haberse casado, le pesa no haber tenido la dicha de vestirse con la corbata negra que colgaba del cuello de las señoritas del liceo. Fue su madre la que le truncó el sueño al prohibirle el ingreso a la secundaria, porque las pizarras de ese colegio eran muy altas para ella, y contra eso no había nada más que hacer.

EL SUBTENIENTE
— ¿Nancy, hagamos lo que hace un hombre con una mujer?

— ¿Qué hace pues un hombre con una mujer?

— Hagamos y después vas a saber.

Nancy nunca cedió, a pesar de que sí le gustaba el subteniente Coco Prado. Su madre no la dejaba tener novio y ella pensaba que los militares eran mujeriegos, choleros, malos con sus mujeres y tacaños.

— Yo decía pues: cuando a su mujer, que es simpática, lindota, le hacen sufrir, peor me van a hacer a mí.

La madre de Nancy la encerró en una burbuja; incluso antes de morir hizo construir un tinglado en el patio de su casa y llamó a un electricista para que instalara un enchufe en la pared; todo para no ser velada en su sala. No quería que ningún extraño entrase a la casa cuando Nancy quedara sola. Decía que la gente dañina podía robar algo y que, por seguridad, era mejor que todos se quedaran afuera. Por eso cuando la señora murió, Nancy, obediente, alquiló 50 sillas de plástico y en el enchufe nuevo del patio con tinglado conectó lámparas para iluminar el féretro.

Cumplió la última voluntad de su madre y después del entierro conoció el sabor de la soledad.

“A LOS ENANOS NO LES FALTA NADA”
— Yo siempre pensaba: todos tienen sus asociaciones, los ciegos, los mudos, los impedidos; y los enanos no tenemos nada. Así siempre pensaba, dice Nancy. Hasta que conoció a Olivia, una joven de su misma estatura pero con la energía de un dragón.

OLIVIA, LA PRESIDENTA
— Una vez me discutí con un chico, me acuerdo que fue en Las Brisas. Días antes en ese mall, Estrellita -la payasita-, se había disfrazado para San Valentín. Y este chico me reclamaba por qué yo no seguía vestida así. Yo le dije que me llamaba Olivia, pero él seguía diciéndome Estrellita. Tuve que mostrarle mi carnet de identidad para que me creyera; más bien se dio cuenta que yo no era ella y me pidió disculpas.

El 25 de octubre de 2016 se decretó en Bolivia el Día Nacional de las Personas con Talla Baja. En esa época, Olivia Ojopi ya había participado en muchas entrevistas, tanto en televisión como en periódicos -locales y nacionales-. Siempre mencionaba su número de teléfono esperando que otras personas de su misma condición la llamaran. Así conoció a Nancy. Pero a Margareth la conoció de otra manera.

LA DULCE MARGARETH
— Hola, ¿sos de Santa Cruz? Yo también soy igual que vos; tengo una hija de talla baja de ocho meses, quiero conocerte, quiero que seamos amigas, decía el mensaje en inbox de Facebook que Olivia le envió a Margareth. Al principio Margareth desconfió del mensaje y de la solicitud de amistad. Antes de contestar revisó todo el perfil de Olivia y al final se convenció de que efectivamente ambas tenían algo en común. Margareth es parte del grupo de personas que Olivia reclutó para formar la asociación.

En primero básico, Margareth notó que no era igual al resto de sus compañeros.

— Recuerdo que en una clase de educación física no pude alzar una sillita de madera, ni correr con ella. Ese día hacía calor y yo no pude hacer el ejercicio. Me puse a llorar.

Ese año Margareth no pasó clases de educación física, y al siguiente, para sentirse protegida, se cambió a la escuela donde estudiaban su primos. Desde niña tuvo muchos amores secretos; aprovechaba el Día de la Amistad para depositar tarjetas de amor en los buzones del curso. A todos los recuerda como al sabor de la Hortela que disfrutaba en el recreo.

— Yo me declaraba a los chicos pero los chicos me decían que estaban enamorados de otras chicas. Llegaba a mi casa y pensaba que no me miraban porque era gordita. Hacia dieta por tres días y luego ya no hacía. Mis compañeros decían: mirá esa gordita, mirala…, pero yo creo que me decían así porque era brazuda y piernuda, y porque tenía muchas nalgas. Me vestía con lo que mi madre me compraba, con ropa de niña, con poleras rosaditas, con calzas negras. Como niña.

Después de que Margareth repitió dos veces segundo intermedio, su madre voló a España a trabajar. Margareth se quedó con su padre que era taxista y pasaba muchas horas fuera de su casa. Ella aprovechaba esa ausencia para salir a jugar a la calle y así conoció al padre de su primer hijo. Dio el primer beso y se entregó en cuerpo y alma a sus 12 años.

JOSÉ, EL PRIMOGÉNITO
Con una llamada a España Margareth avisó oficialmente que estaba embarazada. José venía en camino. Una vez más, en la clase de educación física, se dio cuenta de que era diferente al resto de sus compañeras; se tocó la barriga y entendió por qué no podía realizar los ejercicios abdominales.

Margareth no sabía cómo ser mamá a los 12 años, no sabía que tenía que ir a los controles médicos, no sabía que por su estatura debía reposar, no sabía lo que significaba traer un hijo al mundo. Un hijo que iba a criar sola.

José tuvo baby shower, recuerda Margareth, “pero salió ‘pele’ porque ese día llovió mucho y solo vinieron algunos. Comimos salpicón y nada más”. El padre del niño no asistió porque ni siquiera estaba enterado de que sería papá. Ella no le dijo nada, resignada, pues él ya tenía otra novia y Margareth “solo era su amiga con derechos”.

El primer amor de Margareth solo la quiso entre cuatro paredes y no reconoció a su hijo. Cuando ella le dijo que llevaba en su vientre al fruto de sus encuentros, él la miró a la cara y le gritó que nunca le había tocado un solo pelo.

Cuando Margareth tenía ya 38 semanas de embarazo, José, el primogénito, nació por cesárea en el Hospital Japonés. “Sus deditos eran cortitos. Ahí me di cuenta que sí era de talla baja”, cuenta ella.

El doctor Germán Meleán, especialista en genética médica, explica que los hijos de una persona con acondroplasia (Margareth) y otra sin acondroplasia (el padre del bebé) tienen 50% de probabilidad de nacer con acondroplasia. El bebé de Margareth heredó su condición.

No faltó el tío comedido que sugirió inyecciones para que José creciera, pero Margareth no quiso. El pequeño se enfermaba mucho, tenía problemas respiratorios. A sus dos años lo ataron a una camilla y durante tres días lo alimentaron a plan de suero. Margareth no podía darle leche; se lo prohibieron. José tenía tanta hambre que no solo se mordía los dedos de las pequeñas manos, también mordía los de su tío, los de su madre y los de todo aquel que iba a visitarlo.

Las infecciones respiratorias agudas son muy frecuentes, especialmente en bebés y en niños con acondroplasia. Además de ese problema de salud, el médico Meleán habla de otros, como la obesidad, las desviaciones de columna y la hidrocefalia.

JAMÍN, EL SEGUNDO
Margareth se embarazó por segunda vez la noche que decidió dejar de ver al padre de su segundo hijo. Luego de estar con él, le dijo que ya no lo quería y que era mejor no verlo más. Él, muy cómodo, aceptó y se fue tranquilo.

Según Margareth, esa relación fue muy distinta a la primera porque fue pública.

— Salíamos, íbamos a la venta (tienda), al parque. Él no sentía vergüenza de mí. Hasta yo le preguntaba si no se avergonzaba y él me decía que no porque yo era normal. Su mamá de él era la que le decía que no esté conmigo, que yo no le iba a poder cocinar, que no le iba a poder lavar la ropa. No me quería su madre.

Margareth cocina todos los días y para ella lavar no es cosa del otro mundo, menos con la lavadora que compró con el dinero que su madre le envió desde España. Para secar la ropa, recurre a su aliado: el toquito (pequeño banco de madera). Además nunca lava sola, José siempre está para apoyarla, es el encargado de llevar el toco al patio y colocarlo justo debajo del alambre para que su mami pueda tender todas las prendas. José y Jamín son toda la compañía que ella tiene. Pero la llegada de Jamín fue uno de los actos más dolorosos en la vida de Margareth.

COMO PICADURAS DE PETO
Era la segunda vez que Margareth llevaba una vida en su vientre. Su madrastra se encargó de darle la noticia a su padre, y fue ella misma la que le recordó que a los hijos había que traerlos al mundo porque son una bendición. Margareth ya sabía todo lo que significaba esa bendición.

— Los doctores no encontraban mi columna, no entraba la anestesia; fueron como diez pinchazos como picaduras de peto, por eso yo dije basta.

Estaba muy estresada y esa es la razón por la que Margareth cree que la anestesia “no entraba”. “Es que yo nunca hice reposo. Cuando estaba embarazada me gustaba la calle y limpiaba la casa con José. En el pinchazo 11 entró la aguja y no me dolió, estaba despierta y vi que mi bebé nació pero nunca lo escuché llorar”, dice.

Jamín pesó tres kilos y midió 48 centímetros. Cuenta Margareth que ese bebé era más grande que su primer hijo y que su cabeza era pequeñita; ella creyó que Jamín iba a ser alto porque no veía en él las características de una persona de talla baja. Sin embargo, Jamín también heredó la condición de su madre.

Jamín y José consumen las horas de Margareth que apenas tiene tiempo para cumplir con los pedidos de cotillón que alguna vecina le encarga de vez en cuando. Pero como es ingeniosa, descargó en su celular videos infantiles, y cuando va a bañarse o a hacer la comida, pone play a la canción preferida de Jamín:

En la radio hay un pollito, en la radio hay un pollito,el pollito pío, el pollito pío, el pollito pío, el pollito pío.

En la radio hay una gallina, en la radio hay una gallina, y la gallina coo, y el pollito pío, el pollito pío, el pollito pío…

Así transcurre su vida, como si fuera una película de muchos géneros. Cuando sus hijos duermen, ella recuerda que algún día tiene que estudiar secretariado o inglés y piensa hacerlo cuando termine el CEMA o cuando los chicos crezcan. Cuando la vida se lo permita. Todavía no sabe ninguna palabra en inglés pero le gusta cómo se escucha en las películas y canciones.

LA ÚNICA EN EL MUNDO
Margareth no ha tenido mucha suerte en sus relaciones. Pero eso no se debe a su tamaño, porque el amor es mucho más que el aspecto físico, ¿verdad?, de lo contrario, Pacita Cuchallo no estaría viviendo una luna de miel con su tímido novio Paúl.

Pacita tiene los ojos grandes y redondos como los duraznos jugosos de su tierra. Es una linda vallegrandina enamorada de su novio. Ambos son algo así como la pareja perfecta. Él es moreno y se nota que es de buen diente.

Cuando Pacita llegó a Santa Cruz quería estudiar psicología, pero el costo de vida en la ciudad devoró sus deseos y se puso a trabajar. Consiguió empleo como niñera en casa de una familia de comerciantes chinos. Trabajó nueve años con ellos hasta que se hartó del bajo sueldo y de las horas extras impagas. Los dejó y salió de esa casa directo a formar un hogar con Paúl. Todo fue más rápido que veloz.

A él lo conoció en la plaza principal 24 de Septiembre, era domingo y ella celebraba su cumpleaños. Un helado en Dumbo la conquistó y desde ese día no se separa de él ni para dar entrevistas.

Actualmente Pacita es parte de la directiva de la Asociación de Personas de Talla Baja. La muchacha que también creía ser la única pequeña en el mundo descubrió que vivía equivocada, cuando en 2016 una desconocida se le acercó en el mercado La Ramada y le comentó acerca de la asociación. Luego de ese día Pacita recibió la llamada de Olivia, y semanas después ya se encontraba en su primera reunión con personas de su estatura.

Antes de vivir con Paúl, Pacita apenas tenía tiempo para dormir. Donde trabajaba prácticamente era dueña sin título de una casa que no le pertenecía y madre postiza de unos hijos que no había engendrado. Nunca tuvo ayuda de nadie y, como toda persona de talla baja, por lo menos dos veces al día se subía sobre una silla o un toco para alcanzar lo que necesitaba. Ahora es su novio el que la ayuda a agarrar lo inalcanzable. Si no fuera por él, tendría nomás que recurrir a sus viejos amigos: el toco y la silla.

Olivia Ojopi, la ingeniera con maestría que elige muy bien sus zapatos, confía mucho en Pacita, no por nada una vez más la colocó en su plancha para la elección de la directiva de la Asociación de Personas de Talla Baja.

LA REELECCIÓN
Olivia parece estar siempre estrenando zapatos. Esta vez lleva puestos unos dorados metalizados. Los dos centímetros de tacón que elevan los talones de la mujer que nuevamente será elegida presidenta son suficientes para mantenerla erguida y mostrar la seguridad de quien siempre lo ha conseguido todo. Olivia brilla y lo sabe.

— Bueno para repostularme yo ya tengo la propuesta de los candidatos, se la voy a presentar y si no están de acuerdo ya podemos hacer por votación: Pacita –vicepresidenta, Claudia –tesorera, Adriana –secretaria de actas, Sergio –vocal 1, Aidé –vocal 2.

Es el último domingo de febrero y se lleva a cabo la elección del directorio de la asociación en medio de murmullos, gritos y una decena de “pido la palabra”. Olivia, junto a toda su plancha, es reelecta por segunda vez como presidenta. Sus padres y su pequeña hija la miran como siempre: llenos de orgullo. La sala está repleta aunque faltaron muchos miembros. Debajo del ventilador del medio están sentadas Alita y su mamá. Alita mide un metro, es sorda (como su padre) y solo habla con su mami (en privado); en público, Alita se comunica escribiendo en un cuaderno e intercambiando algunas señas. Tiene los párpados maquillados en un tono rosa chicle, perfectamente combinados con su blusa de algodón.

Alita es paceña, diseñadora gráfica y operadora en computadoras, pero vive en Santa Cruz por sus problemas cardio-respiratorios. Su madre no duda en mostrar los documentos que certifican las dos profesiones de su única hija. Como Margareth, Alita también vive en el Plan 3000. Ella, a causa de la acondroplasia tiene un problema en la columna y los doctores dicen que su corazón es más grande de lo habitual. Debe ser por eso que ama tanto a los niños.

La elección del directorio acabó, Alita no deja de correr junto a José (el hijo mayor de Margareth). Ambos son casi del mismo tamaño.

La madre de Alita parece ser una mujer fuerte que además domina muchos temas. No le tiembla la voz al hablar del futuro de su única hija. Dice que Alita quiere ser mamá. “Consultando con un genetista me dijeron que se puede alquilar un vientre. Yo puedo decir sí pero sé que ella no puede, aunque la ciencia avanza. Y con el papá de ella decimos: dinero va, dinero viene. Nosotros no nos oponemos a que ella quiera ser mamá. Ella ya no es niña, ya es profesional, ya no le falta nada. Solo que su cuerpo no aguantaría”.

LA DESPEDIDA
La incansable Olivia tiene mucho que hacer por las personas de talla baja pero también debe ir a trabajar. A pesar de que es domingo tiene turno y no hay elección que la salve. Margareth ya no está.

A lo lejos se ve a Pacita caminando de la mano de Paúl. De Alita no se sabe nada, seguramente su madre ya se la llevó -en silencio-.

Doña Nancy no fue y tampoco la esperaban. Todos entienden que ella apenas puede moverse. Seguro está sentada sobre su toco de madera, charlando con su inquilina, guasapeando o comiendo empanadas, disfrutando de lo simple y cotidiano de la vida. Quizá así hay que vivir, sin que nos importe mucho, qué tan alto estén los demás.

//TEXTO TOMADO CON PERMISO DE LA AUTORA/ PUBLICADO EN EL MATUTINO PÁGINA SIETE// 

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