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Domingo, 20 de Enero de 2019

Lecturas de “El Gimnasio”

Hacia una imparable infantilización

ESPECIALES | 17 Dic 2018

Me encanta ver fotos antiguas. Y cuando observo retratos de nuestros abuelos o bisabuelos y las comparo con las de hoy, percibo una pequeña… o una gran diferencia. Ellos posaban serios, adustos; pero hoy casi todo el mundo sale sonriendo, o riendo, haciendo todo tipo de muecas, gracias o gestos. Y, aunque parezca un detalle insignificante, refleja un profundo cambio de actitud ante la vida: lo que antaño era propio de niños y adolescentes se ha convertido en algo común en los adultos.

Decía Milán Kundera que sería “impensable un busto de Julio Cesar riendo a carcajadas… pero los presidentes norteamericanos actuales parten hacia la eternidad ocultos tras el espasmo democrático de la risa. La risa es un espasmo y en el espasmo el hombre no se gobierna a sí mismo, lo gobierna algo que no es ni la voluntad ni la razón. Así, hoy, la ausencia de voluntad y razón, es decir lo infantil, se ha convertido en el estado ideal del hombre“.

También advirtió esta transformación el escritor Stefan Zweig cuando describía la Viena de su juventud, a finales del XIX: “en aquellos tiempos todo el que quería prosperar tenía que disfrazarse para parecer mayor, ponerse gafas sin necesitarlo, anular, aunque sólo fuera exteriormente, su juventud, una condición que confería poca solidez […]. Hoy, por el contrario, todo el mundo intenta aparentar una edad muy inferior“.

Pero lo sustancial del mundo actual no es la apariencia, que la gente vista de forma adolescente o, incluso, recurra a la cirugía para quitarse años de encima. Lo verdaderamente grave, el cambio fundamental es que hoy día son los adultos quienes imitan el comportamiento de los jóvenes… cuando debería ser al revés. Está bien visto, incluso de moda, cultivar a avanzadas edades cierta inmadurez, campechanía, poca seriedad, tomarse a broma asuntos importantes o permitirse ciertas licencias con los demás.

Y esto es así, porque la juventud se ha convertido en icono de culto, objeto de constante elogio y adulación… como si ser joven tuviera enorme mérito. Pero es absurdo porque difícilmente puede tener gran mérito algo que todo el mundo logra, sin esfuerzo, al menos en una etapa de su vida. Por el contrario, la experiencia que proporciona la edad, la sabiduría vital, que constituían una valiosa cualidad en aquella lejana Viena de Zweig, se han convertido hoy en un estorbo, un lastre del que desprenderse a toda costa: hay que ser joven, o adolescente, a cualquier edad.

Vivimos un proceso de infantilización, que afecta a todas las sociedades occidentales, eso sí, a algunas más que a otras. La población envejece, pero ciertos rasgos adolescentes permanecen hasta edades muy avanzadas y comienzan a prevalecer sobre los maduros. Los impulsos dominan a la reflexión. Los “derechos”, que todo el mundo reclama y que los gobiernos ofrecen a granel, imperan sobre los deberes, esas pesadas cargas del adulto. Para conseguir ciertos objetivos, la reivindicación, la protesta y el pataleo, propios de niños, comienzan a resultar más eficaces que el esfuerzo y la auto-superación. Y la imagen se antepone a las ideas.

Va desapareciendo paulatinamente el hábito del pensamiento, de la reflexión, sustituidos la búsqueda de la satisfacción instantánea. Todo se simplifica; se leen cada día menos libros, desplazados por cortos mensajes de texto. No es infrecuente ver a adultos con afición desmedida a los juegos en la consola o el computador. Y la cultura acaba convertida en entretenimiento.

Se fomenta la difusión de miedos inventados o exagerados, más propios de la imaginación infantil que del raciocinio de un adulto. Nunca fue el mundo tan seguro como hoy pero jamás vivió la gente tan amedrentada, percibiendo peligros en cualquier alimento, en cualquier aparato tecnológico, en cualquier desconocido. Así, arraigan fácilmente las teorías del Apocalipsis, esas catástrofes que afectarán a la humanidad en un momento siempre indeterminado: nos abrasaremos, nos quedaremos sin alimentos, sin fuentes de energía, nos congelaremos o contaminaremos.

El proceso tiene varias causas pero un denominador común: la merma de la responsabilidad individual, que se transfiere a otras personas, a la sociedad o incluso a determinados fenómenos que escapan al control del sujeto. “Yo nunca tengo la culpa… siempre son otros“.

Un exagerado paternalismo estatal, la creencia de que el Estado tiene siempre la capacidad, y el deber, de resolver nuestras dificultades, de garantizar nuestra felicidad, es una de las explicaciones más inmediatas. Así, los gobernantes se convertirían en nuestros padres… cuando no los Reyes Magos. Y nosotros en niños que gritamos, pataleamos, para que nos concedan nuestros deseos, a los que llamamos “derechos”; no siempre nos esforzarnos por alcanzar los fines por nuestros propios medios.

Pero existe otra causa, más profunda y quizá menos conocida, que es el ascenso de la Cultura Terapéutica. Se ha producido en las últimas décadas un cambio silencioso, paulatino pero evidente. Antaño, cuando un niño fracasaba en los estudios se decía que era un vago, un holgazán, que carecía de voluntad o no que servía para ello. Ahora es distinto: sufre un déficit de atención, una dislexia o… un trastorno del espectro autista. En definitiva, un trauma, alguna enfermedad hasta hace poco desconocida pero todas sospechosamente abundantes.

Y esto también afecta a los adultos: “si no fracaso es porque tengo depresión, ansiedad o cualquier otra patología“. Así, hay una liberación de responsabilidad: no es culpa mía, me rebasa, no puedo hacer nada porque… es una enfermedad. En cualquier caso, la palabra “voluntad” ha ido cayendo en desuso.

La cultura terapéutica considera que los individuos son emocionalmente muy vulnerables, incapaces de gestionar sus sentimientos por sí mismos. Infinidad de sucesos, que antes no eran más que tropiezos o contrariedades comunes en la vida, se han convertido ahora en amenazas para el equilibrio emocional de las personas. Un simple fracaso, decepción o rechazo constituirían detonantes de un trauma, de una baja autoestima, una enfermedad que, al parecer, menoscaba la capacidad de las personas para conseguir sus objetivos vitales.

Además, los familiares, las amistades, los conocidos, no serían apoyos adecuados para ayudar al sujeto: es imprescindible para todo la ayuda de un experto. Como consecuencia, la ayuda de familiares y amigos ha sido sustituida hoy, en multitud de casos, por la terapia psicológica.

Esta corriente duda también que los padres posean las dotes necesarias para criar y educar correctamente a sus hijos sin asesoramiento profesional… aun cuando todas las generaciones anteriores lo lograron sin gran dificultad. Ahora se necesitan escuelas de padres. Así, los abuelos, los padres esas figuras con experiencia vital, a las que se recurría en busca de consejo, han desaparecido como referentes, desplazados por expertos. Y, dado que la infancia y sus traumas determinan el futuro de cada persona, la familia y la sociedad acaban siendo los responsables de cualquier comportamiento torcido: nunca el sujeto, que puede permanecer toda la vida, infantil, eludiendo su responsabilidad, culpando a su pasado.

Todavía más, la cultura terapéutica fomentó otro cambio radical: la búsqueda de la autoestima por todos los medios. En el pasado, la autoestima no se perseguía: era un subproducto del esfuerzo, el trabajo duro, la paciencia y el consiguiente logro. No era la autoestima la que conducía al éxito sino al revés. Pero hoy, equivocadamente, se invirtieron los términos y se difunde la idea de que una elevada autoestima es el ingrediente mágico para el éxito. Por ello, mucha gente busca desesperadamente atajos para alcanzarla…. sin necesidad de esfuerzo, sin logro previo alguno. ¿Cómo? Siendo auténtico, “siendo tú mismo“, expresando tus sentimientos… aunque no hayas hecho nada de provecho en toda tu vida.

Los padres, creyendo que la autoestima era crucial para el futuro de sus hijos, hicieron lo imposible para proporcionársela. Les hicieron creer que eran especiales, les concedieron todos los caprichos e intentaron evitarles cualquier sufrimiento. Grave error: en lugar de a una sana autoestima, todo este ambiente condujo al narcisismo, a individuos que se sobrevaloran, que exageran sus cualidades, que se creen únicos, especiales, que eluden sus responsabilidades. Naturalmente, el ascenso de los rasgos narcisistas es otra faceta más de la infantilización.

Superar el infantilismo requiere recuperar la responsabilidad de cada uno, la cultura del esfuerzo, la autonomía para tomar sus decisiones. Ser consciente de que la autoestima no se busca: se encuentra con el recto comportamiento y el trabajo bien hecho. Y aceptar que el mundo no es siempre bello ni bueno, que los tropiezos, el sufrimiento, la tristeza, los fracasos también forman parte de la experiencia vital. Que no causan trauma inevitable sino que debemos utilizarlos como enseñanza para superarnos cada día.

//*HACIA UNA IMPARABLE INFANTILIZACIÓN, JUAN M. BLANCO, CHARLAS TED, MAYO 17 DE 2018//

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